Las giras de las grandes bandas de hard rock en los años ochenta y noventa se miden tanto por sus récords de taquilla como por las facturas de daños que dejaban a su paso. Mötley Crüe y Guns N’ Roses llevaron la mística de la destrucción a niveles contractuales, convirtiendo los hoteles de cinco estrellas en zonas de desastre y obligando a las cadenas hoteleras a replantear sus políticas de hospedaje.
La agrupación liderada por Nikki Sixx y Tommy Lee hizo del vandalismo una rutina. Durante sus años de mayor desenfreno, el lanzamiento de televisores por las ventanas, el uso de extintores en los pasillos y la destrucción total del mobiliario eran comunes. En una ocasión, tras un concierto en el festival Monsters of Rock en el Reino Unidó, la banda causó destrozos valuados en miles de dólares en un hotel de Londres, lo que provocó que varias cadenas internacionales les vetaran la entrada de por vida bajo cualquier pseudónimo.
Por su parte, Guns N’ Roses consolidó una reputación similar impulsada por la volatilidad de sus integrantes. Durante la gira del álbum Appetite for Destruction, los altercados en los vestíbulos y las habitaciones destrozadas eran frecuentes. Axl Rose y Slash protagonizaron incidentes donde las paredes terminaban pintadas con grafiti, las alfombras arruinadas y las puertas de los baños desprendidas de sus bisagras, acumulando deudas que las promotoras debían saldar de inmediato para evitar arrestos.
Este comportamiento destructivo dejó de ser una excentricidad para convertirse en un problema logístico costoso. Con el tiempo, los mánagers de ambas agrupaciones se vieron obligados a depositar fianzas en efectivo antes de que los músicos pudieran recibir las llaves de sus habitaciones, marcando una época en la que el éxito musical iba acompañado de un rastro inevitable de escombros.










