Hay voces que nacen para el coro de la iglesia y otras que nacen arrastrándose por el suelo de los bares, impregnadas de humo, whisky y desveladas. Estas últimas son las que de verdad cuentan historias. La carretera del rock tiene muchos caminos, pero pocos tan sinuosos, brillantes y longevos como el que ha recorrido el viejo Rod. Hoy la aguja rasga el vinilo para repasar la vida del eterno mod, el escocés que conquistó el mundo con un balón de fútbol bajo el brazo y una melena desafiante: Rod Stewart.
Antes de los trajes de leopardo y los estadios abarrotados, Rod era un tipo de barrio que cavaba tumbas y soñaba con las canchas. Pero el destino, que siempre sabe qué cartas jugar, le puso un micrófono enfrente. Su garganta, rota y áspera como lija, se convirtió en su mejor arma. En los albores de los setenta, repartía su talento entre su carrera solista y esa banda de forajidos llamada The Faces. Eran tiempos de rock crudo, folk acústico y noches salvajes. Fue ahí donde parió Every Picture Tells a Story (1971) y esa obra de arte titulada «Maggie May». En esos años, Rod no solo cantaba; te hacía sentir el frío de la mañana y la melancolía de la juventud que se escapa.
Pero Rod Stewart nunca se quedó estático. Cuando los vientos cambiaron y la era disco invadió las pistas a finales de la década, muchos puristas se rasgaron las vestiduras. Él simplemente se encogió de hombros, se puso a bailar y lanzó «Da Ya Think I’m Sexy?». Demostró que el rock también podía ser un negocio nocturno y sumamente rentable. Sobrevivió a los ochenta con peinados imposibles y sintetizadores, entregando himnos pop como «Baby Jane» y esa declaración de principios llamada «Forever Young».
Cuando el siglo XX agonizaba y todos pensaban que el viejo León ya no tenía garras, Rod se reinventó una vez más. Se puso el esmoquin, dejó las guitarras eléctricas a un lado y se sumergió en el Great American Songbook. Con su voz ya madura, pero intacta en su esencia rasposa, acarició los clásicos del jazz y el pop tradicional, demostrando que un verdadero intérprete sabe cómo domar cualquier melodía sin importar la época.
Hoy, con más de ocho décadas a cuestas y millones de discos vendidos, Rod Stewart sigue subiéndose a los escenarios. Ya no tiene que demostrarle nada a nadie, pero ahí sigue, pateando balones al público y sonriendo con la complicidad de quien sabe que le ganó la partida al tiempo. Se convirtió en un lord de la música, pero en el fondo, sigue siendo el mismo chico de la calle que descubrió que una voz rota puede curar el alma.
Sigan en la frecuencia correcta y no pierdan el rumbo.










