La madrugada del 27 de agosto de 1990, el cielo de Wisconsin se tragó el sonido de la guitarra más vibrante de su generación. Stevie Ray Vaughan, el texano que resucitó el blues, falleció en un accidente de helicóptero tras un concierto electrizante en Alpine Valley. Tenía apenas 35 años y estaba en la cúspide de su sobriedad y su talento, dejando un vacío que nadie ha logrado llenar con la misma fuerza.
Su trayectoria fue un ascenso meteórico forjado en los clubes de Austin. Con su sombrero de ala ancha y su gastada Fender Stratocaster «Number One», Stevie Ray no solo tocaba las cuerdas: las hacía rugir y llorar con una intensidad física casi sobrenatural. Su irrupción comercial llegó en 1983 con el álbum Texas Flood, un disco que devolvió el blues a las listas de popularidad y demostró que el género seguía vivo, pulsante y cargado de electricidad.
A lo largo de su carrera, Vaughan enfrentó demonios personales, pero su regreso triunfal con In Step en 1989 mostró a un músico renovado y en paz. Su técnica combinaba la delicadeza de los maestros antiguos con la agresividad del rock moderno, ganándose el respeto de gigantes como Eric Clapton y B.B. King. Su muerte, ocurrida apenas unos minutos después de compartir el escenario con otros grandes de la guitarra, cerró un capítulo dorado en la historia de la música.
Hoy, el eco de canciones como Pride and Joy o su versión de Little Wing sigue siendo el estándar de oro para cualquier aspirante a guitarrista. Stevie Ray Vaughan no solo fue un intérprete; fue un canal de energía que parecía venir de otro mundo. Aunque su viaje físico terminó en aquella colina boscosa, su alma sigue vibrando en cada nota de blues que suena en algún rincón del planeta.




