La trayectoria de Joan Jett es la crónica de una rebelión que nunca aceptó un «no» por respuesta. Desde el momento en que, siendo apenas una adolescente, le dijeron que las mujeres no tocaban la guitarra eléctrica, Jett decidió que su destino no sería pedir permiso, sino derribar la puerta. Su legado no se mide solo en discos vendidos, sino en la apertura de un camino que antes de ella estaba clausurado para el género femenino en el mundo del rock and roll.
Todo comenzó con The Runaways, la banda que sacudió los cimientos de la industria a mediados de los años setenta. En un contexto donde las mujeres eran vistas principalmente como vocalistas de pop o musas, Jett y sus compañeras demostraron que podían ejecutar un rock crudo, directo y cargado de actitud que intimidaba a los puristas. Con el éxito de «Cherry Bomb», Joan Jett no solo encontró su voz, sino que plantó la semilla de lo que sería su filosofía de vida: el rock como herramienta de empoderamiento y resistencia.
Tras la disolución de The Runaways, Joan Jett enfrentó el rechazo de más de veinte sellos discográficos que no creían en su potencial como solista. Lejos de rendirse, fundó su propia discográfica, Blackheart Records, junto a Kenny Laguna. Esta decisión no solo fue un acto de independencia financiera, sino un golpe maestro de soberanía artística. Con la formación de The Blackhearts, llegó el himno definitivo: «I Love Rock ‘n Roll». La canción se mantuvo en la cima de las listas durante siete semanas, convirtiendo a Jett en una estrella global y demostrando que el rock auténtico no entiende de géneros, sino de pasión.
A lo largo de las décadas, Joan Jett ha mantenido una integridad inquebrantable. Su estilo, definido por su característica guitarra Gibson Melody Maker y su estética punk, ha influido a innumerables generaciones de músicos. Su ingreso al Salón de la Fama del Rock and Roll en 2015 fue simplemente la formalización de un hecho que el público ya sabía: Joan Jett es una institución. Ella no sólo sobrevivió a una industria diseñada para excluirla, sino que la obligó a cambiar sus reglas, manteniéndose hasta hoy como un símbolo viviente de que el rock, en su estado más puro, es un rugido de libertad que nunca se apaga.




