La vida de Eric Clapton, uno de los guitarristas más influyentes de la historia, estuvo marcada desde su inicio por una mentira piadosa que definiría su personalidad introspectiva y solitaria. Durante sus primeros nueve años, Eric creció creyendo que sus abuelos, Rose y Jack, eran sus padres, y que su verdadera madre, Patricia Molly Clapton, era en realidad su hermana mayor.
Patricia tenía solo 16 años cuando Eric nació el 30 de marzo de 1945. El padre era un soldado canadiense llamado Edward Walter Fryer, quien fue enviado a la guerra antes del nacimiento de Eric y nunca regresó a su vida. En el contexto social de la Inglaterra de la posguerra, tener un hijo fuera del matrimonio era un estigma difícil de cargar para una joven, por lo que la familia decidió ocultar la verdad.
El momento de la verdad
El engaño se derrumbó de manera accidental cuando Eric tenía nueve años. En un momento de tensión familiar, un comentario reveló la realidad: su «hermana» era su madre biológica. Este descubrimiento tuvo un impacto sísmico en el niño. Eric, que ya era una persona reservada, se volvió aún más retraído. La sensación de traición y la confusión sobre su propia identidad lo empujaron a buscar refugio en la música y, eventualmente, a desarrollar una obsesión casi mística con la guitarra.
Reencuentro y distancia
A pesar de conocer la verdad, el vínculo con Patricia nunca se normalizó del todo. Ella se mudó a Canadá y luego a Alemania tras casarse con otro militar, formando una nueva familia. Cuando Eric intentó acercarse a ella como hijo, Patricia mantuvo una distancia emocional que dejó una herida profunda en el músico.
Esta carencia afectiva y el sentimiento de abandono se convirtieron en el combustible para su blues. La tristeza que emana de su guitarra no es sólo técnica; es el eco de un niño que descubrió que su mundo estaba construido sobre una ficción familiar. Por lo anterior se entiende que Clapton no sólo tocaba la guitarra para ser el mejor, sino para llenar el vacío que dejó la verdad sobre su madre.






