El destello eterno de una estrella: Freddie Mercury

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Hay voces que no solo cantan, sino que desgarran el aire para recordarnos que la mediocridad es una elección. Freddie Mercury no era un hombre, era un acontecimiento. Un rayo que cayó sobre Londres para incendiar el mundo entero con una mezcla de arrogancia divina y una vulnerabilidad que solo los verdaderos genios se atreven a mostrar.

Muchos ven en él al “showman” definitivo, al tipo que puso a ochenta mil personas a latir al unísono en Wembley con un simple juego de cuerdas vocales. Pero detrás de la capa de armiño y la corona, había un arquitecto de la emoción. Mercury no escribía canciones; esculpía himnos que hoy, décadas después, siguen siendo el refugio de quienes se sienten diferentes.

Su vida fue un equilibrio constante sobre la cuerda floja, entre el exceso de los escenarios y la profunda soledad de quien sabe que es único. No buscó ser una estrella de rock, buscó ser una leyenda, y lo consiguió con la disciplina de quien sabe que el talento sin riesgo no sirve para nada.

Freddie nos enseñó que se puede ser todo a la vez: un tenor operístico, un rockero salvaje y un alma frágil. Su partida dejó un vacío que nadie ha podido llenar, porque para cantar como él, primero hay que tener el valor de vivir como él. Al final, el espectáculo debe continuar, pero la música nunca volvió a sonar con la misma fuerza desde que el hombre de la gran sonrisa decidió hacerse eterno.

Tags: #arte, #musica, #Reflexion, bitacoradiario

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