El origen de Metallica no fue una simple coincidencia de talentos, sino más bien una colisión de personalidades que parecían diseñadas para anularse mutuamente. En 1981, el destino unió a James Hetfield, un joven cargado de una rabia interna que apenas lograba contener, y a Lars Ulrich, un danés cuya ambición y extroversión rozaban lo patológico. Eran el agua y el aceite del metal; sin embargo, esa misma disparidad fue la que permitió que el proyecto se solidificara. Pero antes de que la banda alcanzara el éxito global, el exceso de presión interna provocó una grieta que terminó resolviéndose a golpes en la oscuridad de un escenario legendario en West Hollywood.
Todo ocurrió la noche del 2 de agosto de 1982 en el emblemático Troubadour. Aquella velada, la banda experimentaba por primera vez el rugido de una audiencia que exigía un «bis». Al no tener un repertorio amplio, los músicos se reunieron en el camerino para decidir qué pieza tocar. La mayoría, encabezada por Hetfield junto a Dave Mustaine y Ron McGovney, votó democráticamente por interpretar «Blitzkrieg». Sin embargo, Ulrich, mostrando una actitud dictatorial, insistía en tocar «Helpless». La discusión no llegó a un consenso claro y, con la adrenalina a tope, los cuatro regresaron al escenario frente a una multitud que esperaba el cierre de la noche.
La traición de Lars fue inmediata y descarada. Justo cuando James Hetfield se preparaba frente al micrófono para anunciar el tema elegido por la mayoría, el baterista comenzó a marcar el ritmo de «Helpless». El resto del grupo, entre la confusión y la indignación, tuvo que acoplarse a regañadientes para no dar un espectáculo lamentable ante sus fans. El cantante, rojo de coraje y sintiéndose humillado ante el desplante de su socio, masticó su rabia durante toda la interpretación, esperando el momento exacto para ajustar cuentas lejos de las miradas curiosas del público.
Lo que sucedió al apagarse las luces quedó registrado como uno de los momentos más crudos en la historia del grupo. Nada más terminar la canción, James arrojó su guitarra violentamente hacia la batería y le propinó un derechazo seco a Lars Ulrich directamente en el estómago. El impacto dejó al danés sin aire y en estado de shock mientras Hetfield le advertía con furia que no volviera a ignorar su autoridad. Aquel golpe estableció una tregua de poder y una lección de respeto que se recuerda como el instante en que nació la verdadera jerarquía de la banda más grande del metal.






