En el mundo del rock, las leyendas no siempre se escriben con gloria; a veces, se redactan con el ácido sabor de la incomprensión y los choques culturales sobre el escenario. Joe Elliott, la voz inconfundible de Def Leppard, protagonizó un incidente que dejó una cicatriz en su relación con México, un episodio que los puristas del género aún comentan entre sombras y vinilos.
Todo ocurrió durante una gira en la década de los noventa, cuando el fervor del público mexicano, conocido por su intensidad casi religiosa, chocó frontalmente con la flema británica del vocalista. Durante una de sus presentaciones, la euforia se desbordó en forma de objetos lanzados al escenario, una práctica que en latitudes aztecas suele interpretarse como un exceso de pasión, pero que para Elliott fue una falta de respeto imperdonable. El vocalista, lejos de ignorar el gesto, detuvo el curso del espectáculo para recriminar la actitud de la audiencia, calificando la situación de «tercermundista«, un adjetivo que encendió la pólvora del orgullo nacional.
Ese disgusto no fue un simple berrinche de estrella; fue el punto de quiebre que mantuvo a la banda alejada de los escenarios mexicanos durante años. Elliott, quien siempre ha exigido una pulcritud técnica y profesionalismo absoluto en sus shows, no pudo digerir que la seguridad de sus compañeros y la integridad del equipo estuvieran en riesgo por el caos de la multitud. Aunque el tiempo y las negociaciones millonarias terminaron por traerlos de vuelta en giras más recientes, el eco de aquel desplante sigue resonando. Joe Elliott aprendió que en México el amor y la furia caminan de la mano, y que un descuido en la comunicación puede convertir una noche de himnos en un campo de batalla de egos y abucheos.



