Pocos hombres en la historia del rock han entendido que la música no es sólo inspiración, sino una ciencia exacta. Brian May no es solo el guitarrista de Queen; es el arquitecto sonoro que utilizó un doctorado en astrofísica y una guitarra fabricada con la madera de una chimenea del siglo XVIII —la mítica Red Special— para redefinir el sonido de una generación. Mientras otros se perdían en los excesos, May calculaba las frecuencias necesarias para que estadios enteros vibraran al unísono.
La genialidad de May reside en su capacidad para tratar el catálogo de Queen como una entidad viva y perpetua. Fue él quien insistió en que el rock debía ser inmersivo, creando himnos como We Will Rock You, una pieza diseñada específicamente para que la audiencia se convirtiera en el instrumento principal. Esa visión no ha caducado: bajo su gestión, la marca Queen ha sobrevivido a la pérdida de su vocalista más icónico, transformándose en una maquinaria que factura a través de biopics ganadores del Oscar, musicales de larga duración y giras mundiales que agotan entradas en minutos.
En 2026, su legado es un caso de estudio sobre longevidad estratégica. Brian May ha demostrado que se puede ser una leyenda del rock, un defensor de los derechos de los animales y un científico respetado simultáneamente, sin perder un ápice de autoridad. Su carrera nos enseña que la verdadera excelencia no admite distracciones: o eres el mejor en el escenario, o eres el mejor en el laboratorio, pero solo los elegidos como él logran dominar ambos universos con una ejecución impecable.




