Obregón, Cárdenas y el fin del Maximato en México

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La historia política de México ha demostrado que la estabilidad nacional depende, en gran medida, del ejercicio autónomo y pleno del Poder Ejecutivo. Desde la consolidación del Estado moderno tras la Revolución Mexicana, las figuras de Álvaro Obregón, Plutarco Elías Calles y Lázaro Cárdenas establecieron los precedentes sobre la indivisibilidad del mando presidencial y los riesgos de la influencia externa sobre la figura del mandatario en turno.

Álvaro Obregón y Plutarco Elías Calles, ambos originarios de Sonora, jugaron un papel determinante en la creación de las instituciones que rigen el país. Durante sus gestiones se fundaron pilares como la Secretaría de Educación Pública (SEP) y el Banco de México. Sin embargo, el asesinato de Obregón en La Bombilla en 1928 interrumpió el proceso de reelección y dio paso al periodo conocido como el Maximato.

Bajo este esquema, Calles mantuvo el control político del país por encima de tres presidentes: Emilio Portes Gil, Pascual Ortiz Rubio y Abelardo L. Rodríguez. Este fenómeno histórico concluyó cuando el general Lázaro Cárdenas decidió separar formalmente el poder de la influencia del «Jefe Máximo», consolidando la figura del presidencialismo y estableciendo un sistema donde el poder reside exclusivamente en el titular vigente del Ejecutivo.

Para Querétaro, este proceso de institucionalización fue fundamental. Como sede de la Constitución de 1917, el estado ha sido históricamente un termómetro de la estabilidad jurídica de la nación. La transición del caudillismo hacia un sistema de partidos e instituciones permitió que la región se integrara a un desarrollo económico sostenido, alejándose de las pugnas personales que caracterizaron las primeras décadas del siglo XX.

En el panorama político contemporáneo, el debate sobre la autonomía presidencial ha resurgido. Diversos analistas señalan que la permanencia de la influencia de la administración anterior puede generar una percepción de debilidad en el liderazgo de la actual presidenta. La vigencia política del movimiento encabezado por el expresidente Andrés Manuel López Obrador, sustentada en programas sociales y el incremento al salario mínimo, plantea un reto para la consolidación de una gestión con identidad propia.

La reciente correspondencia diplomática y las apariciones públicas del exmandatario son interpretadas en los círculos políticos como factores que podrían incidir en la toma de decisiones del gobierno federal, especialmente en un entorno de alta complejidad donde se requiere una determinación clara frente a problemáticas internas y externas.

A los retos internos se suma una relación bilateral tensa con Estados Unidos. El regreso de Donald Trump al discurso político internacional ha incrementado las advertencias sobre temas críticos para la soberanía y la economía de México:

  • La posible renegociación o cancelación del T-MEC.
  • Amenazas de intervención directa contra cárteles del narcotráfico.
  • Señalamientos sobre la supuesta falta de Estado de derecho y control territorial en el país.

Expertos en política exterior advierten que la estabilidad nacional podría verse comprometida si no se establece una estrategia de mando único y firme. La lección histórica de Obregón y Calles subraya que el poder presidencial no se comparte; de lo contrario, se corre el riesgo de vulnerar las libertades y los avances democráticos logrados en las últimas décadas.

En conclusión, el respeto al Estado de derecho y la seguridad pública son las áreas donde la actual administración deberá demostrar su capacidad operativa. Ignorar los precedentes históricos sobre los riesgos de los liderazgos paralelos podría representar un retroceso en la estabilidad política de México frente a un escenario internacional cada vez más hostil.

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EDITORIAL
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