En el panteón de los dioses de la guitarra, donde muchos buscan la complejidad del barroco o la frialdad de la técnica matemática, hay un hombre que decidió que el rock and roll solo necesitaba tres acordes, un volumen ensordecedor y la energía de una central eléctrica fuera de control. Hablo, por supuesto, de Angus Young, el alma viviente y el dedo incansable de AC/DC.
Ver a Angus sobre un escenario no es ver a un músico convencional; es presenciar una posesión demoníaca vestida de escolar. Desde que los hermanos Young fundaron la banda en la lejana Australia de los años setenta, Angus entendió que su Gibson SG no era un instrumento, sino un arma de asalto. Mientras otros se perdían en sintetizadores y modas pasajeras, él se aferró al blues más crudo y lo aceleró hasta que las cuerdas echaron humo.
Su uniforme de colegial, una ironía visual que nació por sugerencia de su hermana, se convirtió en el símbolo de una rebeldía que no envejece. Pero no se equivoquen: detrás de las carreras por el escenario y su icónico «paso del pato», se esconde uno de los guitarristas más precisos y viscerales de la historia. Cada solo de Angus es una lección de «punch», de saber cuándo dejar que el silencio hable y cuándo desatar una tormenta de notas que sacuden los cimientos de cualquier estadio.
Soportó la pérdida de Bon Scott y, lejos de rendirse, regresó con «Back in Black», un álbum que es, en esencia, el monolito negro del hard rock. A través de las décadas, mientras el mundo cambiaba y las bandas se disolvían en la irrelevancia, Angus permaneció como el faro inamovible de un sonido que no pide permiso ni ofrece disculpas. Canciones como «Highway to Hell» o «Thunderstruck» son hoy parte del ADN de cualquiera que se jacte de amar la libertad.
Incluso ahora, cuando el tiempo ha plateado su cabellera pero no ha podido frenar sus piernas, Angus Young sigue siendo ese niño travieso que se niega a crecer, recordándonos que el rock es, ante todo, una descarga de adrenalina pura. No necesita efectos digitales ni grandes discursos; le basta con conectar su guitarra a un Marshall, subir el potenciómetro al máximo y dejar que el diablo del ritmo haga el resto.
Hoy, cuando el aire se siente cargado de estática y el suelo empieza a vibrar bajo nuestros pies, sabemos que el pequeño gigante está cerca. Angus Young es la prueba de que, mientras haya un amplificador encendido y una mano dispuesta a castigar las cuerdas, el verdadero espíritu del rock seguirá vivo, tronando como un rayo que nunca deja de caer en el mismo lugar.










