Dicen los consejos de las abuelas y los abuelos que muchas medallas se cuelgan en el alma y no en el cuello, y que aquellos que quieren lucir lo que dan para que los vean como buenas personas no lo son, pues lo que quieren es impresionar a los otros para señalar que ellos sí cooperan con la sociedad; pero los que de verdad lo hacen no requieren de la foto, ni de la sonrisa ni de los reconocimientos. Esos personajes vienen de aprender del mejor maestro de la vida: el error.
Otros más estudiosos y sobre todo también más audaces dicen que las buenas ideas y los mejores propósitos terminan en desastres por la presencia de la corrupción, y los casos son palpables en todos los gobiernos de este tiempo, en donde no les importa ya la ideología, ni la disciplina ni la capacidad de servicio que tienen los funcionarios, lo que quieren es servilismo. Y si no, pregúntenle al ministro presidente de la Corte, que ni se inmutó cuando su jefa de prensa se arrodilló para limpiarle los zapatos; y esto fue lo visible, qué será el día de hoy el ambiente dentro de la Corte.
Y entonces a todo esto hay que señalar que Andrea Bocelli, durante un concierto en Italia y en presencia de potentados de la economía europea, fue enfático al señalar que la riqueza no significa nada si no se destina para levantar a otros. En breve veremos a los mecenas de la sociedad entregando lo mejor de sus sonrisas y con un dolor en el bolsillo porque estarán obligados a dar ni siquiera lo que es suyo, sino lo que se les ha asignado para las campañas, con miras a comprar votos y a buscar que estos coloquen a los candidatos en alguna posición de privilegio para luego volverse a olvidar de quienes votaron por ellos. Se les olvida que la vida es tan extraña que a ella llegamos sin nada, luchamos por todo y al final lo dejamos todo y nos volvemos a ir sin nada. La realidad algún día nos alcanza, al fin y al cabo el terco tiempo no se detiene nunca. Es cuanto.




