Por: Dra. Consuelo Rosillo
Columna: Justicia y Cultura de Paz
Ayer, el Teatro Metropolitano se vistió de historia y solemnidad para conmemorar dos siglos de existencia institucional de mi casa, el Poder Judicial del Estado de Querétaro. Recordar aquella instalación formal de la primera corporación civil de justicia, ocurrida el 3 de junio de 1826, es un ejercicio que irremediablemente toca las fibras más íntimas de quienes hemos entregado nuestra vida a la judicatura. Estar presente en esta sesión solemne, recibiendo tan noble reconocimiento junto a mis apreciados colegas magistrados eméritos y en retiro, me hizo reflexionar profundamente sobre el latido humano que sostiene a nuestras instituciones.
A menudo, la sociedad percibe a quienes imparten justicia como figuras distantes, inquebrantables y cubiertas por la solemnidad de la toga. Sin embargo, para que la justicia sea verdaderamente justa, debe ser mirada forzosamente a través del cristal del humanismo. Quienes tenemos o hemos tenido el alto honor de juzgar, habitamos en una constante disyuntiva. Detrás de cada resolución hay seres humanos que también aprenden a silenciar el ruido externo, a calmar sus propias emociones para escuchar la verdad y a cargar con el peso de la decisión. En cada expediente experimentamos el dolor, la incertidumbre y, finalmente, la victoria; pero no la victoria de una persona aislada, sino el triunfo de toda una sociedad que encuentra paz, equilibrio y reparación a través del derecho.
Por ello, celebro con el corazón y la razón la iniciativa de ley aprobada hoy por el Pleno de nuestro tribunal para restituir a nuestra institución su denominación fundacional: el «Supremo Tribunal de Justicia del Estado de Querétaro». Debemos preguntarnos de frente a la ciudadanía, ¿qué significa realmente lo supremo? Esta restitución no es un acto de vanidad para quienes integran o trabajan en el poder judicial, sino un mensaje directo y una promesa a la sociedad. Es estrictamente necesario que la ciudadanía vuelva a mirar la impartición de justicia desde esa óptica protectora. Lo supremo está íntimamente ligado a lo sublime; es aquello que se eleva por encima de las pasiones, de la fragilidad humana y de la confrontación para garantizar la equidad absoluta. Devolverle lo «supremo» al tribunal es devolverle a Querétaro la certeza de que su justicia es el valor más alto y digno que nos cobija.
A lo largo de estos doscientos años, nuestro estado se ha consolidado como un referente nacional innegable. Los avances que hoy presenciamos, con la firme consolidación de los mecanismos alternativos de solución de controversias como la mediación y la conciliación, demuestran que seguimos a la vanguardia. Nuestros juzgadores han entendido que despresurizar el sistema a través de la paz y el diálogo es también un acto de justicia suprema. Ver la historia de nuestro tribunal plasmada a nivel nacional en un billete conmemorativo de la Lotería Nacional y en la cancelación de un timbre filatélico, es un recordatorio de que nuestro legado le pertenece a todo el país. Hoy, como magistrada en retiro, mi convicción sigue intacta: la justicia debe ser supremamente firme en sus principios, pero infinita y sublimemente humana en su aplicación.
Felicidades a todos los queretanos, a quienes son partes de la gran tarea de impartir justicia y a quienes llevamos al Supremo Poder Judicial en nuestro corazón.










