Columna: Zoom Politikon
Durante el Mundial de 2026, mientras millones de ojos sigan el balón que rodará entre estadios de México, Estados Unidos y Canadá, otro partido, mucho más decisivo para el futuro de nuestro país, se jugará en los despachos, las cumbres y las reuniones donde se firmará la revisión del Tratado entre esos mismos tres países. Por pura casualidad del calendario, la fecha límite para refrendar ese acuerdo, el próximo 1° de julio, coincidirá con los cuartos de final de la Copa del Mundo. Y así, mientras medio planeta suspire por un gol de último minuto, México enfrentará un reto que no se define en el césped, sino en las reglas del comercio y la política.
Vale la pena detenerse un momento. Revisar el tratado, ese mecanismo que nació en el sexenio de Carlos Salinas de Gortari y que tantos han criticado y defendido, no es lo mismo que renegociarlo desde cero. La revisión, prevista cada seis años, consiste en ajustar términos, actualizar compromisos y garantizar que todos los socios sigan cumpliendo. Pero, como suele ocurrir en política internacional, lo que está en el papel se complica con lo que está en los personajes. Y hoy, ese guion trae un protagonista difícil: Donald Trump de nuevo en la Casa Blanca.
Trump, fiel a su estilo, no pierde oportunidad de presumir de poder. Ya ha insinuado que podría “romper” el tratado si algo no le parece, y que no le temblaría la mano para imponer aranceles o cerrar fronteras comerciales. Lo ha hecho antes: con China, con Europa, con sus propios aliados del G7. Su visión del mundo es un tablero de negocios donde todo se mide en ganancias inmediatas. Y ahí México aparece siempre como un socio incómodo: necesario, pero vulnerable.
Imaginemos, por un instante, lo que esto implica. Hoy somos el principal exportador de autopartes y componentes electrónicos hacia Estados Unidos, incluso por encima de China. Nuestros agricultores envían toneladas de aguacate, limón, berries y cerveza que llenan estantes y refrigeradores en todo el continente. Si ese comercio quedara súbitamente sujeto a impuestos o aranceles, los efectos serían devastadores. No solo para las empresas o las grandes fábricas del Bajío, sino para miles de familias mexicanas que dependen de ese flujo constante de producción e ingresos.
Por eso, si algo puede definirse como vital en medio de la euforia mundialista, es esta revisión del tratado. En las próximas semanas, veremos desfilar discursos, amenazas y gestos diplomáticos que marcarán el tono de la relación con nuestro vecino del norte. Trump no es un político predecible, pero sí un hábil vendedor de imágenes: no sería extraño que aprovechara el escenario global del Mundial para posar ante las cámaras, sonriendo junto a los mandatarios de México y Canadá, con un documento firmado bajo el lema de “un nuevo gran acuerdo de América del Norte”. La foto perfecta para sus redes.
Y sin embargo, detrás de esa posible imagen, se juega algo más profundo: la idea misma de integración continental que México ha construido durante tres décadas. El tratado no solo es una hoja de cálculo comercial; es la base de una forma de vida. Gracias a él, ciudades industriales como Querétaro, Saltillo o Tijuana se transformaron en polos de empleo y tecnología. Gracias a él, millones de jóvenes pudieron insertarse en cadenas globales de valor que hace treinta años eran impensables. Romper esa estructura sería como quitar el cimiento a una casa que sigue en pie, aunque haya cambiado de dueño.
Claro, en julio, la atención estará en otra parte. Si México llega a cuartos de final, (imaginemos cosas chingonas, como pidió alguna vez el “Chicharito Hernández”) quizá nadie quiera hablar de balanzas comerciales o de cláusulas de exportación. Pero mientras celebramos los goles, conviene recordar que el futuro del país también se define fuera del estadio. En la misma semana en que el balón ruede por América del Norte, nuestros negociadores estarán tratando de asegurar que el país siga teniendo cancha para competir, producir y crecer.
Por eso, aunque el Mundial nos encante, vale la pena mirar de reojo ese otro marcador. Si la revisión cierra bien, nos espera un ciclo de estabilidad, inversión y empleo. Si se tuerce, si el ánimo se enrarece, podríamos entrar en una tempestad comercial justo cuando medio mundo celebra. Que no se nos olvide: en el fútbol se juega por orgullo; en el comercio, se juega por sobrevivir. Y en julio de 2026, México tendrá que hacer ambas cosas al mismo tiempo.







